El semáforo que mentía en verde
Jose Echeverri |
Hace unos años estábamos en el comité directivo, revisando los avances del proceso de transformación digital. El tablero de gestión tenía un elegante código de colores y el progreso era motivo de orgullo: todos los indicadores en verde.
Días antes había estado con varios de los ingenieros y equipos que implementaban esas mismas iniciativas. Ellos veían alertas que distaban bastante del verde. De hecho, algunas estaban más cerca del rojo que anuncia incendio.
Lo curioso es que ambas versiones eran reales. Solo que cada una contaba una historia incompleta. Y ese, precisamente, es uno de los problemas más comunes —y más silenciosos— dentro de las compañías.
Harvard Business Review lo bautizó recientemente como «el problema de las dos organizaciones»: toda empresa que alcanza cierto nivel de madurez opera, en realidad, como dos compañías paralelas. Una es la organización reportada —la que vive en los tableros, las juntas directivas y las presentaciones impecables—. La otra es la organización vivida: la que los equipos experimentan todos los días, con sus urgencias, sus jefes imperfectos y sus clientes de mal humor un lunes a las 7 a.m.
He tenido la fortuna de trabajar en distintas industrias, y el patrón se repite con una consistencia casi matemática: la realidad que observan los equipos directivos difiere de la que viven los equipos en el día a día. Y cuando esa brecha crece demasiado, dejan de ser dos versiones de la misma historia y empiezan a ser dos empresas que, por accidente, comparten logo.
Los directivos se informan a través de tableros, reportes directos y ese círculo de confianza que —sin proponérselo— aprendió hace tiempo qué decir para no generar ruido. Mientras tanto, los equipos viven de urgencias reales, de la experiencia cotidiana con sus líderes, sus compañeros y sus clientes. No es que alguien mienta deliberadamente. Es que cada nivel jerárquico hace su propio ejercicio de edición, y para cuando la información llega arriba, ya pasó por tantos filtros que se parece más a un guion que a un reporte.
La brecha no nace de la mala intención. Nace de vacíos de comunicación, del exceso de niveles jerárquicos y de la manera —usualmente lenta y burocrática— en que se escalan tanto los problemas como las ideas innovadoras. HBR lo resume con precisión: cada capa de reporte hace un pequeño acto de resumen y suavizado, y ninguno de esos actos es incorrecto por sí solo. El problema es la suma. Es la muerte por mil cortes de optimismo corporativo.
Y no es percepción mía. Un informe de Axios HQ sobre comunicación organizacional encontró que el 80% de los líderes considera que la comunicación esencial de su empresa es clara y relevante. Entre los empleados, esa cifra cae a apenas el 50%. Traducido: mientras el CEO cree que está transmitiendo Shakespeare, la mitad de la organización está recibiendo estática de radio.
Ahí está el problema, resumido en una sola estadística: dos personas viendo el mismo comunicado, y solo una de ellas entendiéndolo.
Lo peligroso no es que existan dos organizaciones. Eso es inevitable en cualquier empresa que ya no cabe en una sala de juntas. Lo peligroso es gobernar como si solo existiera una: la bonita, la que está en el PowerPoint, la que nunca contradice al jefe.
Porque cuando la brecha se ignora, los problemas no desaparecen. Simplemente esperan pacientemente a convertirse en crisis, que es la forma que tiene la realidad de pasar factura con intereses.
La pregunta que vale la pena hacerse no es si esta brecha existe en tu organización. Existe. Siempre existe. La pregunta es si tienes mecanismos reales para verla —o si prefieres seguir gobernando con un tablero en verde mientras tu gente, en privado, ya sabe que algo no está funcionando.
Porque el liderazgo imperfecto no consiste en tener toda la información. Consiste en aceptar que nunca la tendrás toda, y construir, de todos modos, la valentía de preguntar lo que nadie quiere responder en la reunión de comité.