Lo que florece después del derrumbe

Jose Echeverri |

Lo que florece después del derrumbe

Hace una semana Colombia se quebró

El terremoto del 10 de agosto dejó miles de viviendas convertidas en escombros y casi 300 familias viviendo el duelo más difícil: el de despedir a alguien sin haber podido prepararse. Quince departamentos, 457 municipios. La magnitud del daño ha hecho que incluso llegar a rescatar a quienes aún esperan sea una carrera contra el tiempo.

Estos primeros días han sido de una tristeza que no se explica fácil, se vive. Madres durmiendo a la intemperie con bebés recién nacidos en brazos. Pacientes en camillas, al aire libre, porque los hospitales ya no eran un lugar seguro. Familias enteras acinadas en albergues, con lo único que alcanzaron a salvar: ellos mismos.

Yo también sentí el pánico de esa tarde. La angustia de no saber si mi familia estaba bien, mientras las líneas se caían y los minutos se volvían eternos. Pero cuando después pude recorrer las ciudades donde viven nuestros colaboradores, y ver de cerca esas escenas de destrucción, lo primero que sentí fue gratitud. Gratitud por la vida, por lo que tenemos —eso que, sin darnos cuenta, se nos convierte en paisaje hasta que algo nos recuerda lo frágil que es.

Y en medio de tanta pérdida, algo se movió en la dirección contraria: la solidaridad. Personas comunes y empresarios completos movilizándose por las carreteras, llevando agua, comida, refugio, sin que nadie se lo pidiera dos veces. Esa reacción colectiva es, hoy, lo único que nos permite imaginar que sí es posible salir adelante.

Y esta mañana, caminando por una ciudad que todavía respira dolor, me encontré con algo que no esperaba: un Guayacán Rosado, florecido, iluminando la calle como si nada hubiera pasado. No fue casualidad que me detuviera a mirarlo más tiempo del habitual.

El Guayacán no elige florecer cuando todo está en calma. Florece en su tiempo, incluso —o especialmente— cuando el entorno está roto. Y ahí entendí el mensaje que tanto necesitábamos: nosotros también podemos florecer en medio de esto, si lo hacemos como se hace un bosque, no como se hace un árbol solo.

Porque ningún Guayacán florece para sí mismo. Florece para toda la ciudad que lo mira pasar.

Ya empieza la etapa de reconstrucción, y ahí está el verdadero examen: no en lo que decimos ahora que estamos conmovidos, sino en lo que sostenemos cuando las cámaras se vayan. Es el momento de recordar que los que tenemos más posibilidades —recursos, tiempo, capacidad de ayudar— tenemos también la responsabilidad de aportar para que quienes tienen menos puedan volver a empezar.

No importa quién necesita la ayuda. Vamos a estar presentes. Aunque sea solo para abrazar a quien lo perdió todo.