El error que más cuesta no es el que se comete, es el que se esconde

Jose Echeverri |

El error que más cuesta no es el que se comete, es el que se esconde

Hace unos años trabajé con un jefe que nunca se equivocaba. Literal: nunca.

Cuando las ventas caían, era «el mercado». Cuando un proyecto fracasaba, era «el equipo no estaba listo para mi visión». Cuando alguien renunciaba, era porque «no todos están hechos para la excelencia».

En su oficina tenía un cuadro que decía «Fail Fast» en letras grandes, dorado sobre mármol. Nadie en la empresa había fallado nunca frente a él, ni rápido ni lento. El «fast» era metafórico, como todo lo demás.

Un día le pregunté cuál había sido su mayor error como líder. Se quedó pensando 20 segundos completos y respondió: «Confiar demasiado en gente que no estaba a mi nivel.»

Ahí entendí que no estaba frente a un líder. Estaba frente a una leyenda urbana con LinkedIn Premium.

Hoy esa empresa ya no existe pero el cuadro de «Fail Fast», dicen, sigue intacto en una bodega, sin una sola raspadura. Como su autocrítica.

El costo real de no gestionar el error

Lo que viví con ese jefe no fue un caso aislado, es un patrón que Google terminó de confirmar con datos. En el Proyecto Aristóteles, la investigación más ambiciosa que Google ha hecho sobre qué distingue a un equipo de alto desempeño de uno mediocre, analizaron 180 equipos midiendo absolutamente todo: composición, experiencia, antigüedad. Nada de eso resultó determinante. Lo único que sí lo era: la seguridad psicológica. Los equipos con mejores resultados reportaban más errores, no porque se equivocarán más, sino porque existía la confianza suficiente para hablar de ellos antes de que escalaran.

Léase de nuevo: los mejores equipos no son los que menos fallan, son los que menos esconden lo que falla.

Y ahí está el verdadero costo de un líder «infalible»: no es el error que él comete. Es que su equipo, a punta de miedo, aprende a ocultar los suyos hasta que se vuelven demasiado grandes para arreglar en silencio. El pequeño error que se pudo corregir en una junta de lunes se convierte, seis meses después, en la crisis que aparece en un correo del área legal.

Cómo gestionarlo de forma efectiva

No se trata de aplaudir el error, ni de crear una empresa donde nada importa. Se trata de construir un sistema donde el error sea información, no evidencia contra alguien. Algunas prácticas concretas:

  1. Nombra tu propio error primero. Si quieres que tu equipo hable de lo que falla, empieza tú. Cuenta el tuyo, en detalle, sin dorarlo. Eso da permiso.
  2. Separa el error de la persona. Pregunta «¿qué falló en el proceso?» en vez de «¿quién fue?». La primera pregunta construye sistemas, la segunda construye silencio.
  3. Crea un espacio explícito para hablar del error, no solo del éxito. Un post-mortem breve y sin culpables, al cierre de cada proyecto, cambia la cultura más rápido que cualquier charla motivacional.
  4. Reacciona rápido, no con dureza. La primera vez que alguien confiese un error y sea castigado por hacerlo, esa confianza no vuelve. Nunca.
  5. Revisa tus propios «cuadros dorados». Si en tu oficina —literal o metafórica— hay una frase bonita sobre el fracaso que tú mismo no practicas, quítala. La incoherencia entre lo que dices y lo que haces es la que más rápido destruye la confianza de un equipo.

Moraleja: si en 10 años nunca te has equivocado en público, no eres un líder excepcional. Eres un rumor que la organización todavía no se atreve a desmentir.