Fracasar con absoluta confianza

Jose Echeverri |

Fracasar con absoluta confianza

Hace algunos años trabajé con un jefe que tomaba decisiones con una seguridad admirable.

No necesitaba datos, no necesitaba análisis y no necesitaba validar hipótesis. Le bastaba con una frase:

—Tengo un buen presentimiento.

Y debo reconocer que muchas veces funcionaba. El problema era cuando no funcionaba, porque cuando el presentimiento fallaba, fallaba en junta directiva, con PowerPoint incluido.

La intuición es como ese amigo optimista que te convence de saltar desde una roca diciéndote que todo va a salir bien. Si aterrizas de pie, aparece para celebrar contigo y contarle a todo el mundo que fue su idea. Si terminas golpeado contra el suelo, curiosamente deja de contestar las llamadas. Y tú, con el tobillo roto, tienes que explicarle a la junta por qué «el presentimiento» costó tres meses de presupuesto.

Con los años aprendí que la intuición tiene un lugar importante en el liderazgo. Después de todo, la experiencia acumula patrones que muchas veces nuestro cerebro reconoce antes que cualquier tablero de indicadores.

Pero también aprendí que la intuición puede convertirse en una peligrosa fábrica de autoengaños. Especialmente cuando empezamos a confundir experiencia con infalibilidad, que es la forma elegante de decir «llevo veinte años equivocándome con más seguridad que nadie en la sala.»

Ahí es cuando aparecen proyectos que parecían brillantes en una sala de juntas y terminan convertidos en costosos estudios de caso sobre lo que no debíamos hacer. Ese tipo de proyecto que años después alguien menciona en un asado y toda la mesa se queda en silencio.

Porque la subjetividad no desaparece por tener buenas intenciones, un cargo importante o veinte años de experiencia. La subjetividad se enfrenta con evidencia.

Y ahí es donde los datos se vuelven incómodos.

  • Los datos no tienen amigos.
  • No tienen favoritos.
  • No sienten admiración por nuestra trayectoria.
  • Y definitivamente no te van a dejar quedar bien delante del CEO solo porque llevas más tiempo en la empresa que él.

Simplemente muestran la realidad. A veces validan nuestras hipótesis y otras veces destruyen con una sola gráfica una idea de la que llevábamos meses enamorados, y en la que ya habíamos invertido presupuesto, orgullo y un par de correos donde asegurábamos que «esto va a funcionar.»

Y aquí es donde conviene ser honestos con las cifras: según un análisis de McKinsey, las empresas que analizan datos estadísticamente logran un 23% más de rendimiento en promedio frente a las que operan únicamente por instinto.

Por eso no creo en el liderazgo guiado únicamente por la intuición, tampoco creo en el liderazgo esclavo de los datos. Creo en la combinación de ambos.

La experiencia nos ayuda a formular preguntas inteligentes y los datos nos ayudan a evitar respuestas equivocadas… aunque estén narradas con una seguridad digna de premio.

Porque al final, los datos no eliminan todos los errores, pero sí reducen la probabilidad de una de las tragedias más frecuentes del mundo corporativo:

Fracasar con absoluta confianza, que, dicho sea de paso, se ve idéntico a fracasar sin confianza, solo que con mejor vestuario y peor indemnización.

La pregunta entonces no es si tienes intuición, la pregunta es:

¿Tus decisiones están sustentadas por evidencia… o simplemente están muy bien narradas?