Todos sabían. Nadie hizo nada.
Jose Echeverri |
Hace unos días, mientras corría por un aeropuerto intentando alcanzar una conexión que claramente había sido diseñada por alguien que odia a los viajeros frecuentes, me encontró con un antiguo compañero de trabajo.
De esas personas con las que compartiste años intensos, crisis absurdas, reuniones interminables y suficientes anécdotas como para escribir una miniserie corporativa de Netflix.
Entre café, carreras por los pasillos y recuerdos del pasado, empezamos a actualizar nuestras vidas. Y, como suele ocurrir cuando pasan los años, terminamos hablando de antiguos jefes. Especialmente de uno, Lord Trimestre, capo de capos porque su filosofía era simple: si el resultado del trimestre era bueno, cualquier dilema ético era un asunto del próximo trimestre.
Uno de esos personajes que dejan huella indeleble. No necesariamente por las razones correctas. Era brillante para lograr resultados, los números siempre aparecían, los objetivos se cumplían y las presentaciones para casa matriz parecían obras de arte.
El problema era el camino que utilizaba para llegar allí. Gestionaba permanentemente al borde de lo ético y algunas veces varios metros después del borde. Todos lo sabíamos, su equipo lo sabía, sus colegas lo sabían, sus jefes probablemente también lo sabían. Pero existía una especie de acuerdo tácito: mientras los resultados llegaran, las reglas parecían convertirse en simples recomendaciones decorativas.
Y si alguien levantaba la mano para señalar una irregularidad o simplemente recordar que existían ciertos principios básicos, automáticamente ingresaba a una especie de lista negra informal. Una experiencia fascinante para quienes disfrutan conservar su empleo.
Años después, mientras recordábamos historias, ambos llegamos a la misma conclusión: Nunca fue un problema de falta de información porque todos sabían. Simplemente nadie quería actuar y ahí está una de las grandes tragedias de la ética corporativa.
Cuando el silencio se convierte en cultura organizacional
Hay organizaciones donde todos saben:
- Quién manipula indicadores.
- Quién acomoda cifras.
- Quién tiene conflictos de interés.
- Quién utiliza el poder para beneficio propio.
- Quién cruza límites que jamás deberían cruzarse.
Pero mientras el negocio funcione, muchos prefieren actuar sorprendidos cuando finalmente aparece el escándalo. Algo parecido a ver una serie de Netflix por quinta vez y fingir que no conoces el final.
Lo más preocupante es que este fenómeno ya no ocurre solamente en las empresas:
- Lo vemos en la política.
- Lo vemos en los gobiernos.
- Lo vemos en las redes sociales.
- Lo vemos incluso en nuestra vida personal.
El verdadero peligro de relativizar la integridad
Estamos viviendo una época donde los límites éticos parecen cada vez más difusos, donde la verdad se negocia, donde la integridad se relativiza, donde las personas defienden comportamientos dependiendo de quién los comete y no de si son correctos o incorrectos. Como si la ética hubiera dejado de ser un principio para convertirse en una opinión. Y ese es un terreno extremadamente peligroso. Porque cuando los valores se vuelven negociables, cualquier decisión puede justificarse.
La ética no es solamente un asunto moral, también es un asunto de supervivencia. Lo malo sigue siendo malo, aunque produzca excelentes resultados trimestrales. Y lo correcto sigue siendo correcto, aunque te deje solo en una reunión. Porque la ética no se mide cuando todo el mundo está de acuerdo contigo, se mide cuando mantener tus principios tiene un costo.
Con frecuencia culpamos a quien cruza la línea, pero quizás el verdadero problema no sea esa persona. Quizás el problema sea la cantidad de espectadores que decidieron convertir la línea en decoración. Porque las culturas no se destruyen únicamente por los malos comportamientos, también se destruyen por los comportamientos que decidimos tolerar.
Y existe una frase que siempre he considerado una de las más poderosas para cualquier líder:
El peor comportamiento que toleramos termina definiendo nuestra cultura.
Por eso la pregunta no es quién está cruzando la línea. La pregunta correcta es ¿Qué comportamiento estás tolerando hoy que mañana podría convertirse en una crisis?